Aunque duela, seguimos vivos. Incluso cuando el dolor se
hace casi insoportable, no nos vamos. Podemos quejarnos hasta decir basta, pero
el dolor sigue ahí; tan patente como al principio. Da igual si a cada suspiro
tu cuerpo se tambalea y llega hasta límites que nunca imaginaste… sigues aquí.
Seguimos aquí. Nadie sabe por qué aguantamos tanto, es un misterio. O quizás
no. Y llega a doler tanto que necesitas levantarte y echar a correr y olvidarte
de todo y no dejar que las lágrimas caigan. Y, y, y… hay tantas cosas que
hacemos para intentar erradicar el dolor que sería imposible enumerarlas todas.
Podemos obviarlo, hacerlo imperceptible a los demás, pero de poco sirve. Ahora
que estás cansado de correr y te falta el aliento, descansas. Benditos segundos
en los que no sientes nada, en los que solo respiras como si no hubiese
suficiente aire en el mundo, como si tu alma se separase de tu cuerpo más que
de costumbre. Aún no te has muerto, ahora no te apetece morir. Pero, después…
el dolor vuelve. Y todo vuelve a empezar. Y sabes que, aunque duela, sigues
vivo. Y aquí.
jueves, 27 de febrero de 2014
jueves, 2 de enero de 2014
Tomando malas decisiones.
No era la mejor solución, pero era lo único que podía hacer.
Arrastró el cuerpo inerte hacia el acantilado. Justo cuando estaba en el borde
del abismo, se preguntó por enésima vez si estaría haciendo lo correcto. “No,
no es lo correcto” pensó. Pero ya daba igual. Si lo hacía, viviría el resto de
sus días culpándose, pero no podía permitir que se supiera la verdad. Dio un
último empujón al cadáver, el cual se precipitó al vacío, a las aguas del mar,
donde se encontraría su gran tumba improvisada. Minutos más tarde, Charles conducía
con aparente nerviosismo, en dirección opuesta al acantilado, lo más rápido que
creyó conveniente, hasta que el mar quedó fuera de su vista; ahí redujo la
velocidad. Ya era de noche, calculó que llegaría a casa bien entrada la mañana.
Sin saber muy bien por qué, paró el coche a un lado de la carretera. Ahora que
no tenía ninguna distracción, el amargo recuerdo del cadáver chocando contra
las aguas del mar vino a su mente. Una lágrima cargada de culpa recorrió su
rostro.
¿Volver a casa? ¿Merecía acaso ese privilegio? Todas esas
ideas rondaban por su cabeza en mitad del más terrible llanto. ¿Cómo podía
haber hecho tal cosa? Sin pensar racionalmente lo que hacía, dio la vuelta con
intenciones de recorrer todo el camino que había hecho hasta hace unos escasos
instantes.
Había sido un accidente. No; no iba mentirse a sí mismo.
Casi disfrutó metiéndole una jodida bala entre ceja y ceja. Todo había sido
demasiado rápido. El que ahora era un mísero cadáver había confesado haber
engañado a su amigo, a Charles. Nada serio, sólo me acosté con tu mujer;
¡Joder, Charles, cómo has podido estar tan ciego! Tu mejor amigo se acuesta con
tu pareja (a saber desde hace cuánto) y tú aquí, como un panoli, intentando
controlar las ganas de pegarle una paliza a este imbécil. ¡Valiente paleto,
Charles! En realidad había sido una coincidencia que tuviese una pistola justo
ese día, vaya que sí. Sólo quiso sentir por un día lo que era tener un arma en
su posesión. Caro le costó…
También había sido una coincidencia que los dos estuvieran
solos en la casa de verano. Todo había sido un golpe de suerte. Supuso que por
eso, porque estaban los dos solos, quiso sincerarse. Y ahora estaba muerto.
Arg, buen momento para decidir ser espontáneo. Se arrepentía, pero se había
sentido jodidamente bien poniendo fin a la vida de aquel gañán. Empezó a
recordar el momento en el que la sangre salió de la herida, al principio con
rapidez para, más tarde, ser un leve caudal de líquido rojo brotando de un
cráneo sin vida. Si tuviera otra oportunidad, elegiría matarlo. Muerto estaba
mejor. Cuanto más lo pensaba más claro lo tenía. Pero ahora su vida no tenía
rumbo; la mujer que él amaba la había engañado y de qué manera. Ni amigo ni
esposa. Eso, sin duda, no podría superarlo nunca. La amó y la seguiría amando,
pero no podría mirarla igual sabiendo lo que había hecho. Eso era lo que más le
dolía.
Ya había vuelto al acantilado.
Sabía lo que quería hacer y lo que debía hacer. Puede que ahogarse fuera sufrir
demasiado, podía pegarse un tiro y ahorrarse tanta tontería. Decidido, lo haría
rápido. Se acercó al final del acantilado, sacó la pistola y se la llevó a la
frente. “Esto es todo” pensó. Al apretar el gatillo, su cuerpo se precipitó al
mar. Adiós sufrimiento.
miércoles, 1 de enero de 2014
Palabras frías.
Pues sí, yo miento. Ya es habitual en mí. Habitual y fácil.
En serio ¿por qué sigue empeñada la gente en no mentir? ¿Qué coño pasa? ¿Acaso
es malo? Desde siempre se ha mentido y no ha pasado nada, es tu puta decisión
¿qué más da?
Soy ese tipo de persona que desea gritar pero que sólo
guarda silencio y asiente. Tener tanto que contar y nadie que te entienda es
odioso. Por eso ocultas la verdad y no dices nada. ¿Para qué? Te adelanto lo
que te pueden decir: “Todo se pasa” y “el tiempo lo cura todo”
¿Tiempo? ¿Crees que llevo con esta mierda dos días? ¿Eres
gilipollas? Ahí aprendes la lección y nunca más vuelves a abrir la boca.
Calladita estás mejor. Pareces hasta formal, chica. Sin dar problemas, sin
quejarte de nada, aparentando ser lo que todo el mundo desea; feliz. Ya saldrá
el sol mañana y lo arreglará, no te preocupes. Sigue confiando un poco más.
¿Sabéis qué? Estoy trabajando en eso de morirme. Ya es hora
¿no? Decirlo así puede sonar raro o, yo qué sé, de gilipollas. Pero ¿qué sabrás
tú? Yo no opino nada de ti, querido lector. Aún no he podido juzgarte y me
abstengo de hacerlo. Quizás tú estés pasando por mi mismo infierno, quién sabe.
Si es así, no te deseo suerte. Sabes que no la tienes. Pero, qué cojones,
suerte. Pocas cosas quiero, pero una de ellas es que nadie pase por esto.
Podría obligarte a estar bien, a que no te rindas, a que sonrías con
sinceridad, a que dejes de mentirle al mundo y seas capaz de reconocer que
estás mal pero que puedes estar bien, que puedes ser el mejor disfrutando en
esto que llamamos vida… sin embargo, no lo haré. Esto sí que no lo haré. No
puedo creérmelo ni yo, es absurdo. Sólo te puedo obligar a que sigas
respirando. Aunque, por lo que a mí respecta, todos estáis muertos, pero aún no
lo sabéis. Vivís en una mentira ¿no es irónico?
Yo me voy despidiendo, no me siento con fuerzas ni ganas de
seguir dando la tabarra.
Antes de irme del todo, recuerda algo; cava tu propia tumba
y deja en paz a los demás.
sábado, 21 de diciembre de 2013
Memorias de un bosque.
Le gustaba dar largos paseos por el bosque. Era como su
“pequeño-gran” lugar donde nadie más que ella entendía lo que sentía. Siempre
iba acompañada de su ipod para escuchar música. Tenía la costumbre de escuchar
“Las Cuatro Estaciones” de Vivaldi apenas empezar el trayecto hacia su mundo.
Cada vez que escuchaba esa pieza descubría cosas nuevas, ya fuesen senderos,
criaturas o nuevos matices en la melodía.
El aire puro la hacía sentirse más viva, un poco más…
humana. Las personas que habitaban en el mundo “real” le parecían vacías,
inhumanas, tan carentes de sentimientos... “El mundo está loco”, decían; pero
ella no creía en esa frase. Creía que era diferente. Un bicho raro, como se
suele decir. No formaba parte del puzle. ¿Por qué la vida se complicaba a veces
tanto?
No pocas fueron las veces en las que se bañó en el lago del
bosque. Le daba igual la época, el frío no era obstáculo. Le encantaba sentir
el agua helada acariciando los dedos de sus pies y, más tarde, sus tobillos. Se
metía lo más despacio posible para notar el agua por todo su cuerpo. Cuando
ésta llegaba a las puntas de su pelo se acordaba de que tenía que recogérselo
para no tener que secárselo, ya que tardaba mucho. Pero ya que las puntas estaban
mojadas no le importaba demasiado y se metía tal y como estaba. Siempre le
ocurría lo mismo, era un despiste de chica. También nadaba en el lago cuando
llovía. Era una sensación extraña sentir el agua de maneras distintas. Parecía
un choque de texturas. Le gustaba. Al salir del lago le encantaba secarse al
sol, aunque en invierno se dedicaba a calentarse con rapidez y volver a ponerse
la ropa. Pero en verano tenía la manía de estar al sol, no sabía por qué. De
pie, sentada, tumbada… no le importaba, pero al sol. En ese período de tiempo
podía escuchar con tranquilidad el sonido del bosque; los pájaros trinar, los
ciervos andar, las hojas moverse… toda una orquesta sinfónica.
Cuando terminaba de vestirse, dirigía otra vez la vista al
lago y se volvía a acercar. Al estar el agua sin perturbaciones podía ver su
rostro sin problemas. Pelo exageradamente largo y despeinado que le llegaba por
los codos de color castaño, piel pálida, nariz pequeña, labios finos y unos
enormes ojos oscurísimos color café. Al verse reflejada, sonreía. En aquellos
momentos sentía eso que llamaban felicidad y no tenía por qué esconderlo. El
lago también ofrecía una realidad distinta en el hermoso cuadro que se formaba
en sus aguas; ahí la vista parecía más
triste, pero con millones de historias que contar. El mundo paralelo que le
regalaba era, como mínimo, interesante. Los árboles parecían mágicos y se le
antojaban enormes personas de carne y hueso. Las aves simulaban peces nadando
en el cielo y éste evocaba un grandísimo océano lleno de nubes “submarinas”.
Vivir ahí tiene que ser raro, pensaba. Deseaba zambullirse en esa realidad tan distinta a la suya.
Seguro que se estaría mejor volando por el cielo, sin las preocupaciones que ocupaban su mente actualmente.
Al terminar de admirar el lago por última vez, volvía a
internarse en el frondoso bosque. ¿Cuántos secretos esconderán estos caminos
vírgenes? ¿Habría alguna persona en el mundo tan enamorada de este paraíso como
yo? Su cabeza entraba en ebullición; siempre le daba vueltas a lo mismo cada
vez que llevaba un determinado tiempo paseando. Prefería seguir obviando un
poco más las voces de su cabeza, no quería volver al mundo exterior tan pronto.
Llegó un día en el que encontró una ruta diferente a la
habitual. Anduvo y anduvo hasta casi perder de vista los árboles. El camino se
empinaba cada vez más y se empezaba a cansar. Al fin llegó a la cima. Se
encontraba en lo alto de un precipicio, viendo unas vistas preciosas de la puesta
de sol. Si miraba abajo podía observar el bosque en el que tanto tiempo había
estado durante su vida, el bosque que amaba, el bosque que guardaba una parte
de sí misma. Clavó la vista en el horizonte y se precipitó al vacío. Ni ella
misma supo por qué lo hacía. Quizás al fin había encontrado una respuesta para
todas sus preguntas, quizás se había aburrido de buscar la clave a su vida…
nunca lo sabremos.
Y esta, querido y desocupado lector, es la historia de una
misteriosa y confundida chica a la que nunca nadie logró entender del todo.
Con amor, un bosque que echa de menos a su pequeña intrusa.
martes, 26 de noviembre de 2013
domingo, 29 de septiembre de 2013
Otro final más.
Una extraña sensación se cernió sobre ella. No sabía cómo
identificar sus sentimientos en aquel instante; suponía que volvía a ser un
matiz perdido entre el negro y el gris, como siempre. Hacía ya bastante tiempo
que no atisbaba a ver ningún tipo de luz, solo oscuridad. Estaba tan
jodidamente acostumbrada a la oscuridad que hubiese sido bastante incómodo para ella
encontrarse con algo de claridad, por muy leve que fuera. Sin embargo, sabía en
cada momento identificar sus emociones, no como ahora. Eso la preocupaba
bastante, odiaba todo lo desconocido aunque, paradójicamente, ella nunca había
llegado a conocerse a sí misma. Y nunca tendría el valor de hacerlo. Solo era
una ridícula chica, sin más. No había más palabras para describirse, pensaba.
Puede que se añadiese de vez en cuando la palabra “gilipollas” al lado de
ridícula pero, por lo general, solo se identificaba con ridícula. Volvió a
coger su arco, lo colocó en una de las cuerdas de su chelo, y se dejó llevar.
La improvisación era uno de sus “vicios”, por así decirlo. Estaba bastante
claro que no se conocía pero, cuando improvisaba, se sentía a ella misma; no
hacía falta conocerse para sentarse y pasar una larga tarde entre acordes con
una persona. Cada vez que improvisaba se obligaba a empezar en una tonalidad
mayor, pero de inmediato hacía un viajecito a tonalidades menores y, cómo no,
oscuras. Eso de obligarse a empezar en una tonalidad mayor solo lo hacía para
que, por lo menos, en algún momento de la improvisación, hubiera algo de
“felicidad” aunque fuese totalmente falsa, ya que sabía que no iba a volver a
pasar por tonalidades mayores en todo lo que durase su improvisación. Todo su
ser pedía pasajes cargados de furia, rabia, dolor, agonía… y esa era la mejor
forma de conseguirlo. Al terminar, dejó caer el arco sobre la cama. Era ya
noche cerrada, así que decidió dejar de tocar.
Aún seguía sin saber qué le pasaba. Esto la tenía
preocupada. Quizás necesitase salir a la calle de una vez por todas a que le
diese el aire o, simplemente, para pasar un buen rato, por así decirlo. Saldría
a la calle, decidido. Fue hacia el cuarto de baño dispuesta a ducharse. Al
salir del baño, con energías renovadas, fue a vestirse con lo primero que
pilló.
Dos horas y media después de haber salido a dar una vuelta
estaba a punto de salir de aquel bar. Se había tomado una copa, bueno, ni eso,
aún no había bebido de su vaso. Pero, poco a poco, se le habían quitado todas
las ganas de salir. ¿Qué hacía allí? Aún no sabía cómo había decidido salir de
su pequeña pesadilla para meterse en la jungla de calles que tenía por ciudad.
Al principio había tenido la esperanza de encontrar a una presa fácil y
desahogarse con ella. No había salido con más intenciones, en realidad. Era lo
que le quedaba para mantenerse a flote, el sexo ocasional. Sin complicaciones,
sin gilipolleces, sin alteraciones en su vida. Aunque pocas experiencias
adornaban su joven existencia se sentía mejor sin pareja. Y no era porque
hubiese salido mal de aquellas relaciones, solo era que ella formaba parte de
la soledad y, como tal, no encajaba demasiado bien estar con alguien a quien
querer. Era demasiado artificial. Pero, obviando ese matiz, necesitaba sexo. Le
gustaba, para qué negarlo. Ni que fuese una novedad. La cuestión era que no
había encontrado a nadie y ya no tenía ganas de perder más tiempo en eso. Así
que se dignó a dar un sorbo a su bebida, pagó y se dirigió a la puerta. Al
respirar el frío aire de la calle se sintió helada… y sola. Muy sola. No le
importaba, le gustaba sentirse así, pero esta vez era diferente. El camino a
casa se le antojó caprichosamente largo y frío. Todo había cambiado. No sabía
cuándo exactamente; quizás justo al salir del bar, quizás incluso antes de
entrar. No lo sabía. Pero ya no lo aguantaba más; no aguantaba desconocer qué
le pasaba, qué era aquel sentimiento que la invadía, qué era lo que no encajaba
en aquel día tan extraño. No aguantaba no saber en qué momento su vida acababa
de perder sentido. Maldita oscuridad… la estaba consumiendo y la dejaba sin
fuerzas. Ya no quería arreglar las cosas con su chelo, aunque sabía
perfectamente que volver a improvisar volvería a darle un poco de vida. Pero
estaba harta de depender de eso. Quería acabar con todos los problemas cuanto
antes.
Entró a su casa con un único objetivo. Se dirigió silenciosamente
hacia su cuarto e introdujo una mano en un cajón, buscando pacientemente lo que
tenía en mente. Al fin lo encontró; su pistola. La guardaba para lo normal,
atracos que nunca habían sucedido en su vivienda, pero por lo menos tenía una
pequeña seguridad. Más perdida que nunca, se sentó en su cama y se acercó el
cañón del arma a su frente. Demasiadas veces había comprobado que la pistola estaba
cargada, no le hacía falta volver a hacerlo. Un último punto de oscuridad daría
fin a su inusual vida y no había mejor forma de hacerlo que con un disparo. Una
lágrima cargada de impotencia recorrió
su mejilla; apretó el gatillo.
Dos días después, una madre preocupada llamaba a una casa
carente de propietario. Una hora después, esa misma madre se dirigió a la casa
en sí. Intranquila, abrió la puerta de entrada y empezó a buscar a su hija a gritos.
Al llegar al cuarto de su hija, vio la realidad. Un cuerpo sin vida descansaba
en la cama del cuarto, con las sábanas manchadas de sangre. De fondo, un llanto
incontrolable de la que había sido su madre.
miércoles, 14 de agosto de 2013
Cerebros.
Llegó a su casa destrozada. ¿En qué momento se le ocurrió
hacerle caso a su amiga para salir justamente ese día? Notó su vivienda igual
de sola e inhabitada que de costumbre y se sintió cómoda por primera vez en
todo el día. Eran las cuatro de la madrugada; una hora perfecta para ducharse y
ponerse a leer. Un momento… si ya no le quedaban libros nuevos para leer. Había
olvidado por completo ir a la biblioteca. ¡Maldita sea! Era hora de poner en
marcha el plan b: música.
Colocó en el reproductor de música el primer disco que
alcanzó de Extremoduro, se tendió en el sofá y empezó a disfrutar de la buena
música.
La despertó el sonido del timbre. ¿Quién podría ser? Miró el
reloj de pared que tenía en el salón; las 2 de la tarde. ¿Qué horas eran estas
de venir? No tenía ganas de levantarse, quería seguir tumbada aún más tiempo. Volvían
a llamar. Estaba dudando si subir el volumen del reproductor de música o
apagarlo completamente. Quizás si cambiase de disco… volvían a llamar ¡Joder!
Se levantó y apagó el reproductor de música. Seguían llamando a la puerta.
Bueno, ahora que lo pensaba, no parecía que estaban llamando a la puerta, más
bien parecía que la estaban golpeando y, por lo que recordaba, desde hace rato.
Esto ya empezaba a ser sospechoso. Un escalofrío recorrió su espalda. Estaba…
atemorizada.
Honrando su fama de persona poco precavida, se dirigió hacia
la entrada. El sonido de la puerta aumentaba a cada paso que ella daba, en
mitad del silencio oscuro y frío de su casa. Al abrir la puerta, vio a una
especie de humano demacrado entrando torpemente a la casa. Parecía que aquel
monstruo se había dado un baño de ácido sulfúrico, ya que su piel estaba
totalmente descuartizada y rojiza. Tenía los ojos totalmente negros, oscuros,
sin alma. Se abalanzó hacia ella logrando hacerla caer. El mutante empezó a
toquetear su ropa y arañar dolorosamente su piel. Ella gritaba. Un profundo
miedo se apoderó de ella. Empezó a gritar aún más fuerte mientras pataleaba
inútilmente. ¿Qué cojones era esa extraña y terrorífica criatura? No le
importaba, solo quería zafarse de lo que tenía encima cuanto antes, o no
viviría para contarlo. Pataleó aún con más fuerza y logró apartar al horrible
mutante de su vista por un segundo. Respiraba entrecortadamente por la
agitación anteriormente vivida. Antes de que la bestia consiguiera cogerla,
ella salió corriendo hacia la cocina. Debía alcanzar un cuchillo antes de que
esa cosa la matara. El pánico la inundaba cada vez más. Esta terrible pesadilla
debía ver su fin ya, o si no, se volvería loca, pensó. Oía los fatigosos pasos
del mutante cerca de ella, justo detrás. Aterrada, buscó algún cuchillo para
acabar con aquella espantosa criatura. Abrió el cajón y empezó a rebuscar,
mientras volvía a sentir las sucias manos de la bestia en su hombro. ¡Dios,
coge ese maldito cuchillo de una vez y clávaselo en el cráneo, no hagas más el
imbécil! El mutante la hizo caer otra vez y arrastrase por el suelo. Sintió sus
dientes clavados en su brazo y un dolor agonizante la embriagó. Vio cómo el
mutante empezaba a mordisquear con ansia su brazo; la sangre corría por todo su
cuerpo y el dolor se hacía insoportable. Con un último esfuerzo, se levantó y
agarró el primer cuchillo que pudo encontrar; se lo clavó directamente en la
cabeza… oyó perfectamente el sonido del cráneo al crujir. La sangre empezó a
salir de la herida del mutante y dejó de moverse. Tras ver que era evidente la
muerte del monstruo, el dolor del brazo empezó a notarse más. Era casi
insoportable. No se atrevía si quiera a dirigir la vista hacia su brazo
destrozado por la agonía del… horrible mutante. El olor a sangre estaba
empezando a marearla. Entre la terrible vista que tenía de un ser muerto y el asqueroso olor que había en el ambiente,
no tardaría en vomitar todo lo que tenía dentro. Se sentía tan cansada… tan
demacrada. No tenía fuerzas ni para levantarse. Se arrastró como pudo a una
esquina de la cocina. Con cada movimiento su dolor aumentaba. Respirar se hacía
terriblemente agotador… y, al fin, llegó a la esquina de la maldita cocina. ¿Era
ella, o todo estaba siniestramente oscuro? No, se le empezaba a nublar la
vista, eso era… ¿qué le estaba pasando? El dolor se hacía tan insoportablemente
fuerte que la obligaba a gritar y retorcerse, aún sin haber visto la gravedad
de la herida. Pero ya no le dolía solo el brazo, ahora todo su cuerpo sentía
punzadas de dolor. Hubiese vendido su alma al diablo por un solo puto segundo
sin sentir absolutamente nada, por estar en calma. Las lágrimas corrían por su
rostro al igual que la sangre seguía manando de su herida. Se sentía sucia. No
podía ignorar el hecho de que se estaba quedando ciega, su vista se veía cada
vez más nublada, al igual que sus pensamientos. Se sumió en la más profunda de
las agonías, sintiendo cómo se ahogaba poco a poco, sintiendo cada punzada de
ese dolor infernal que la atormentaba cada segundo, sintiendo como se alejaba
de sí misma. La invadía otro ser. Un último pensamiento pasó por su mente
cuando aún estaba consciente… cerebros.
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